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Costo de oportunidad… Ignorancia total

Costo de oportunidad... Ignorancia total

Costo de oportunidad... Ignorancia total

CASO MICRO: Se acercaba la celebración de los 15 años de su hija y Don Filemón, modesto burócrata, no contaba con el dinero necesario para la gran fiesta prometida.

Además, su madre (abuela de la quinceañera en ciernes) se encontraba enferma y los medicamentos, escasos o ausentes de los escaparates oficiales, consumían buena parte de su ingreso quincenal.

El resto apenas alcanzaba para el consumo básico, los precios subían más rápido que su ingreso, lo comprobó en su última visita al súper.

Pero solo una vez se cumplen quince años, ¡que caray!, para eso está la tarjeta de crédito, ah, y el crédito directo que, a la módica tasa del 33% le ofrecieron por internet en una desconocida institución.

Se embarcó, pues, Don Filemón y fiesta hubo, fiestón, acudió todo el barrio, se bailó regatón, con quince chambelanes, el vals ya no se usa, y la canción de Chava Flores se quedó corta. Fue la noche feliz de un mañana de pesadilla.

La mamá (de Don Filemón), falleció por falta de medicamentos, los hijos menores abandonaron la escuela (o trabajaban o languidecían) y, por supuesto, el banco y la institución desconocida le embargaron todo lo embargable al no poder liquidar ya no el capital, sino los intereses que no le interesaron el día de la fiesta.

Bueno, como esta pretende ser una columna sobre economía, les diremos que todo lo que le pasó a Don Filemón y a su familia, como consecuencia del hoy maldito festejo, se denomina COSTO DE OPORTUNIDAD.

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Es decir, lo que dejó de atender a cambio de una noche loca, es lo que realmente le costó. Demasiado caro, en verdad.

Uno de los conceptos básicos que se estudia en economía es el costo de oportunidad, que se refiere al costo que representa la alternativa o las alternativas que rechazamos cuando tomamos una decisión.

Este concepto suele servir de base para análisis de las decisiones de todos los agentes económicos: hogares, sector empresarial, e incluso el sector público.

CASO MACRO:

Don Filemón es el típico ejemplo micro. Veamos ahora un ejemplo macro, también real, también dramático. El gobierno actual se empeñó, desde su asunción, en realizar magnas obras, una refinería que ha costado, aún no está terminada, 400 mil millones de pesos, un aeropuerto que directa o indirectamente (tampoco está terminado) suma cerca de 500 mil millones de pesos y un Tren Maya (apenas al 43% de sus 1,517 kilómetros y sin servicios básicos) que ya consumió 517 mil millones de pesos que, de acuerdo a expertos internacionales, jamás tendrán un retorno positivo e implicarán más gastos por mantenimiento y, obviamente, para concluir su construcción.

Bueno, en términos de costo de oportunidad, emplear casi 1.5 billones de pesos, que no es una cifra menor, en obras de dudosa productividad y nula competitividad, hemos obtenido el deterioro del sector salud, cada vez más lejano del de Dinamarca y cercano al de Zaire; la aniquilación del sector turismo (tercer generador de divisas); la generación de promesas no cumplidas, como la autosuficiencia alimentaria (corrupción de SEGALMEX aparte); la desconcentración de las dependencias del ejecutivo (Educación a Puebla y Turismo a Quintana Roo, sueño guajiro).

Un ejemplo más dramático sobre un gobierno sin una correcta dimensión de la economía, está en PEMEX, supuestamente “empresa productiva del Estado”. Al principio del sexenio tenía una deuda de 1.4 billones de pesos (hoy es de 1.8). Si los recursos ocupados para las tres megaobras mencionadas (luego habrá que sumar Mexicana de Aviación) se hubiese ocupado para la liquidación de la deuda de PEMEX, ésta sería hoy una empresa productiva y los ingresos generados por un sexenio de petróleo caro (por la pandemia y los conflictos bélicos) se hubieran podido utilizar para verdaderas obras que mejoraran la calidad de vida de los mexicanos.

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El aeropuerto de Texcoco, autofinanciable, se convirtió en deuda pública, el Tren Maya y sus externalidades negativas, no será rentable jamás. Terrible COSTO DE OPORTUNIDAD que pagamos TODOS los mexicanos. La fiesta de 15 años, solo Don Filemón y su familia.

Además, el costo de oportunidad de esas decisiones no solo lo constituye el dinero que se puede perder en obras mal planeadas (¿alguien conoce el Plan Maestro del Tren Maya?), hay que agregar potenciales actos de corrupción (¿por qué se le quitó a Fonatur?), y, sobre todo, todos aquellos derechos de los y las mexicanas que no se cumplirán por la falta de recursos públicos: salud, educación, empleo, recreación, vivienda y todos aquellos que se le siguen negando a las personas.

El quehacer de la administración pública está lleno de costos de oportunidad, después de todo en Estados tan débiles como el nuestro, los recursos públicos disponibles no son suficientes para satisfacer todas las necesidades de la población. Lo ideal sería que cualquier persona que aspire a ocupar un cargo público reconozca esas limitaciones y ante ello defina una planificación en la que se precisen las intervenciones de política pública que estratégicamente se apliquen para lograr los objetivos nacionales de desarrollo.

¿Y LA CORRUPCIÓN?:

El costo de oportunidad de los recursos mal canalizados, por falta de análisis de destinos, beneficios y resultados, y por la prevalencia de la idea o berrinche por sobre el plan estratégico, se agrava con el otro mal mayor, igual de importante, la corrupción, que implica el uso y abuso del poder para obtener ganancias personales indebidas.

En este contexto, el costo de oportunidad puede surgir cuando los recursos, ya sea financieros o de otro tipo, se desvían hacia actividades corruptas en lugar de ser utilizados de manera más productiva para el bien común.

Por ejemplo, si los fondos públicos se desvían hacia prácticas corruptas en lugar de invertirse en educación, salud u otras necesidades sociales, el costo de oportunidad se manifiesta en la pérdida de oportunidades de desarrollo y mejora en esas áreas.

La corrupción puede distorsionar la asignación eficiente de recursos y tener consecuencias negativas a largo plazo, afectando el crecimiento económico y el bienestar de la sociedad.

El costo de oportunidad no es un invento neoliberal, es una necesidad en la planificación (¿alguien se acuerda del Plan Nacional de Desarrollo 2018-2024 y cuánto asignaba a los proyectos mencionados y a otros ya olvidados?).

Cualquier esquema se ve afectado por la relación entre el costo de oportunidad y la corrupción. Amartya Sen, un economista y filósofo indio nada conservador, ha insistido en las implicaciones éticas y sociales de las decisiones económicas, destacando cómo la corrupción puede afectar la distribución de recursos y oportunidades en una sociedad.

Además, algunos trabajos de economistas y expertos en desarrollo, como Daron Acemoglu y James A. Robinson, han explorado la relación entre instituciones corruptas y el desarrollo económico, proporcionando análisis detallados sobre cómo la corrupción puede afectar la eficiencia de las políticas públicas y la asignación de recursos (oportunidades desperdiciadas).

DE FONDO:

En el contexto de la seguridad pública, la elección de adoptar un enfoque de persuasión en lugar de combatir activamente a los delincuentes puede tener implicaciones de costo de oportunidad.

Si se decide pedir a los delincuentes que dejen de robar y matar en lugar de aplicar medidas más contundentes, como el enjuiciamiento y el fortalecimiento de la seguridad, el costo de oportunidad implica la renuncia a un enfoque más firme y a un menor nivel de seguridad pública.

La tolerancia o persuasión hacia los delincuentes propicia que las actividades delictivas persistan, poniendo en riesgo la seguridad de la comunidad. Aquí, el costo de oportunidad también se manifiesta en la asignación de recursos.

Si se opta por persuadir en lugar de combatir activamente, los recursos financieros que deben de utilizarse para fortalecer la aplicación de la ley se pierden, afectando la capacidad de respuesta y prevención del crimen, lo que genera un desperdicio de recursos para prevenir futuros actos delictivos.

En lugar de abordar las raíces del problema, la sola persuasión puede no ser tan efectiva en la prevención de actividades delictivas continuas. Barrer “de arriba hacia abajo” debe de incluir el combate directo y decidido a la delincuencia, y eso le corresponde al Estado (¿verdad, Bukele?).

DE FORMA:

En el contexto de una elección presidencial, el costo de oportunidad podría manifestarse al elegir un candidato sobre otro, considerando las políticas y prioridades que cada uno representa.

Además del combate a la corrupción y sus consecuencias, el elector, el buen elector, no el manipulado, usado o “chapulineado”, podría usar el tiempo de un juego de futbol, un concierto de Bronco o un capítulo de la telenovela de moda, para analizar si elige a un candidato cuya plataforma se centra en políticas económicas que favorecen la inversión en infraestructura, la seguridad y la educación o a otro (penosamente solo hay dos) que se enfoca en reformas fiscales y programas sociales sin considerar las alternativas perdidas, como las arriba presentadas.

DEFORME:

La cantinflesca respuesta oficial a los reportajes sobre un informe de la DEA sobre involucramientos de dinero sucio en una campaña presidencial. Ojo: no se respondió al informe de la DEA, ésta no se ha manifestado, sino al reportaje en sí. Por eso es absurdo exigir una disculpa al gobierno norteamericano. Quizá, por omisión, le pusieron la llave a la caja de pandora.

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